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La arruga es bella…. ¿pero siempre que sea en la cara de otra mujer?

La arruga es bella…. ¿pero siempre que sea en la cara de otra mujer?

Tengo una confesión que hacer. En mi mesa de noche conviven, en perfecta y contradictoria armonía, dos cosas: un ejemplar del libro La vejez de Simone de Beauvoir, y un sérum de retinoides que me costó más de lo que me gustaría admitir. Militante de la belleza real en todas las publicaciones de Saigu que caen en mis manos, defensora del ¿well-aging? (si es que eso existe) frente a las marcas que nos leen la cartilla, y sin embargo, incapaz de evitar un pequeño vuelco en el estómago cada vez que un espejo, el que sea, revela una línea nueva en el contorno de mis ojos.

Creo que de alguna manera nos hemos vuelto expertas en la teoría. Aplaudimos con entusiasmo a las actrices que acuden a Cannes luciendo sus melenas plateadas sin complejos, nos emociona ver campañas de moda protagonizadas por mujeres de más de sesenta años irradiando elegancia y repetimos como un mantra que envejecer es un privilegio negado a muchas, una medalla de supervivencia que debería llevarse con la cabeza alta.

Y, sin embargo, esa sororidad impecable y reconfortante se detiene en seco frente a nuestro propio reflejo.

¿Le damos derechos a la arruga ajena pero no a las nuestras?

Existe una distancia abismal entre defender el valor social de las mujeres maduras y convivir en paz con la propia caducidad. El edadismo interiorizado rara vez se manifiesta en nosotras como un desprecio explícito hacia las mujeres mayores de nuestro entorno. Con mucha más frecuencia habita en ese espacio de los domingos por la mañana, cuando descubrimos que el contorno del óvalo facial ya no es el de hace cinco años, e iniciamos inmediatamente una búsqueda desesperada del tratamiento estético que pueda contener la deriva.

¿Es hipocresía? Yo la verdad es que preferiría no llamarlo así. Es, más bien, un mecanismo de defensa instintivo. Convivimos con dos certezas al mismo tiempo: sabemos de corazn que ninguna mujer debería ser invisibilizada ni relegada por su edad, pero también conocemos perfectamente las reglas no escritas del mercado en el que nos movemos. Sabemos que la juventud sigue siendo la moneda de cambio más valiosa para el reconocimiento social y el atractivo. Porque de alguna u otra manera, como decía Susan Sontag, se nos dice que vale, que podemos envejecer y que lo hagamos con elegancia, pero en realidad, lo que realmente quiere decir con 'elegancia' es que intentemos por todos los medios no parecer viejas.

Del «Anti-Aging» al «Well-Aging»: ¿Cambio de paradigma o cambio de etiqueta?

En los últimos años, la industria cosmética ha hecho un esfuerzo por jubilar la palabra anti-aging (demasiado agresiva y poco empática, y además en Saigu nunca jamás hemos querido utilizarla para hablar de ningún atributo de producto) para sustituirla por conceptos más suaves como well-aging, glow maduro o "salud de la piel". Sin embargo, bajo la apariencia de una conversación más amable y feminista, la presión no ha desaparecido; más bien se ha sofisticado. Al transformar el cuidado en un ritual de "amor propio", la responsabilidad del envejecimiento ha vuelto a quedar exclusivamente en nuestras manos. Si tienes arrugas o aspecto cansado, ya no es solo una consecuencia biológica, sino que se interpreta como una falta de autocuidado y de disciplina. Da igual si acabas de ser madre, trabajas 9 horas y media, cuidas a tu madre enferma o te encargas de lidiar con todo a la vez.

Como escribía Susan Sontag en su ensayo El doble estándar del envejecimiento, la cultura occidental impone a la mujer un nivel de exigencia estética que convierte el paso del tiempo en un proceso de paulatina descalificación social. Mientras que en los hombres las canas y las arrugas suelen interpretarse como signos de distinción o sabiduría, en nosotras continúan siendo leídas como un declive que requiere corrección inmediata.

Nadie desea espontáneamente huir de su rostro

Cuestionar la dictadura de la eterna juventud no implica juzgar las decisiones individuales de quienes recurren a la medicina estética o a la cosmética, o a dejar de buscar maquillaje que te deje una piel bonita y jugosa. Todas buscamos la manera de sentirnos cómodas, atractivas y seguras en nuestra piel y en nuestra vida. Pero la conversación que a mí me gusta plantear, y cuando de verdad se pone interesante, empieza cuando nos atrevemos a preguntarnos cuánto de ese deseo de "vernos bien" es una elección libre y cuánto es el resultado de un miedo a volvernos invisibles.

Tal vez el primer paso para reconciliarnos con nosotras mismas no sea exigirnos amar cada arruga de la noche a la mañana, lo cual añadiría una culpa innecesaria a la lista, sino reconocer que está bien sentir miedo. Reconocer que podemos desear un mundo donde las mujeres mayores sean celebradas y, al mismo tiempo, necesitar un poco de tiempo (y de sérum) para aceptar las huellas del mapa que se va dibujando en nuestra piel, al ir cumpliendo años.

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